Martina Patti, de 23 años, asistía a la Facultad de Ciencias de la Enfermería de Mesina pero su confesión inicial estaba llena de incongruencias.

“Cuando golpeé a Elena tuve una fuerza que nunca había sentido antes. No recuerdo la reacción de la niña al golpearla, quizá se quedó quieta, tengo un recuerdo muy borroso”.

Así habla la italiana Martina Patti sobre cómo mató a su hija Elena, de cinco años. Patti, cuyo relato destaca por su frialdad, confesó en el cuartel de la comandancia provincial de los Carabinieri de Catania haber matado a la pequeña.

En el momento de la confesión parecía una madre totalmente diferente a la que 24 horas antes se había presentado entre lágrimas ante los carabinieri de su pueblo, Mascalucia, para denunciar que su hija había sido secuestrada por tres hombres armados y encapuchados -lo que después se supo que era una estrategia para intentar tapar el crimen que había cometido-.

Martina Patti, de 23 años, asistía a la Facultad de Ciencias de la Enfermería de Mesina pero su confesión inicial estaba llena de incongruencias.

En un primer lugar aseguraba que habían secuestrado a la pequeña mientras volvía a casa con ella de la guardería, pero la realidad era otra. Le había asestado siete puñaladas en el cuello y la espalda y después había guardado el cuerpo de la pequeña en cinco bolsas de plástico, una dentro de otra, como si fuese una macabra matrioska. Después, había echado tierra encima para intentar ocultarla.

Con un aire ausente, Patti reconstruyó ante los carabinieri lo que pasó después del crimen y cómo llegó a fingir el secuestro ficticio.

“Quizás me di cuenta de que la niña estaba muerta y no sabía qué hacer. Inmediatamente llamé al padre de Elena, pero estaba tan agitada que no entendía lo que decía, así que me fui a casa de mis padres. Estaba muy confundida y lo que había pasado no me parecía real”, cuenta.